Esta tarde partimos de vacaciones a las maravillosas y paradisíacas playas de Cádiz, último reducto salino y virgen de las Españas. Para el que no conozca este rincón, que sepa que aún quedan ibizas y marbellas tal como eran disfrutadas en tiempos de Primo de Rivera. Una franja de cien kilómetros comprendida entre la ciudad de Chiclana (20 km al sur de la capital gaditana) y Tarifa donde el agua es fría y las dunas vastas y limpias. Ni un solo hotel. Para encontrar alojamiento es necesario buscar camping u Hostal de mala muerte. El paraíso, vamos.

¿A qué se debe la virginidad de estas playas?

La respuesta es sencilla, y bien conocida por los gaditanos. La zona del estrecho es azotada cada verano por el viento de LEVANTE, un huracán precedente del interior, caliente como el infierno, que puede alcanzar los 40 Km/h sin previo aviso. Ioniza el aire de manera que produce dolores de cabeza, agotamiento y mala leche. En tiempos de Trajano era considerado como atenuante en caso de homicidio. Si te toca un levante en vacaciones, estás perdido. Simplemente no se puede estar en la playa, a no ser que te refugies en una minúscula cala.

Es por esto que así de vírgenes se han conservado estas playas. Hasta el día de hoy. Varias parcelas de la playa de El Palmar, a 50 Km al sur de la capital, han sido adquiridas para construir un complejo hotelero al estilo de los resorts de Punta Cana. El paraíso está perdido.

Lo que estos señores constructores no saben es que el levante los va a azotar día y noche sin descanso. Y al igual que lleva varios cientos de miles de años secando las parras vinateras de la planicie gaditana, así seguirá azotando. Así que, un consejo, váyanse al mismísimo carajo a construir hoteles. Que cuatrocientos pues tos de trabajo de mierda bandeja en mano no justifican tal aberración, ni son comparables por otros cuatrocientos de trabajo real, remunerado, especializado, destinado a la industria, que es lo que de verdad hace falta en esta muy jodida tierra gaditana.

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