Mi intención era disfrutar varios días de playa, se dice el viejo, con los hombros enrojecidos como un cangrejo. Allí de donde vengo siempre nieva. Tan cerca de los Andes y tan lejos del cielo. El trabajo me absorbía hasta lo imposible, y siempre era de noche. Me olvidé de mis hijos y mi ex-mujer,  y soñé con una bellísima española, morena, amante, perversa, que me ofreciera otro placer y otros hijos. Sería como volver a nacer en otro país y otro sol, disfrutar de una vida de jubilado español medio. Al fin podría sentir el sosiego prolongado de los latinos, que dedican gran parte de su tiempo al placer y al espíritu. Y encontré esta playa –el viejo señala con el índice el plácido rugir de las olas–, un pequeño paraíso. Tenerife es así, salvaje y acogedora al mismo tiempo. Temperatura óptima. Vacaciones eternas. La española ardiente no ha llegado. Sin embargo te has entrometido tú en mi destino. Te he cuidado como a un hijo durante unas breves horas que se me hacen vida. He dado agua al sediento. Y tú, no me pagas con nada, sino que me robas aún más. Te quedas con parte de mi corazón y mi vida. Y te has convertido en lo que realmente venía buscando. La vida. La razón humana hasta las últimas consecuencias. El límite que te hace abandonar el cuerpo y mutar en semidiós. Ahora soy sólo espíritu. Soy placer infinito. Pero tú, amigo, tú que no entiendes mis palabras, sino sólo el calor de mis manos, tú has vivido. Y eso es lo que de verdad importa.

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