La cabecera de este blog, el horizonte regado de rascacielos que bien podría parecer Houston, no es más que un trozo de Tailandia. Vista de pájaro sobre la ciudad de Bangkok. La tierra de los thais es acogedora, disciplinada, segura y moderna. Con todas las extravagancias propias de los países en vías de desarrollo: chabolas a pié de rascacielos, matrimonio y dos hijos en ciclomotor, cientos de coches en dirección prohibida en plena avenida. Y también, por supuesto, la correspondiente corruptela y el estraperlo burocrático. Al igual que en México, Guatemala o Marruecos. Usted saca unos billetes y la multa desaparece. Así era España hace años. Y así perdura aquí ese rescoldo de la corrupción en ciertas clases políticas. Esta depravación del sistema desemboca, como en este caso, en un golpe de estado de espíritu redentor, como fue el caso de Fujimori en Perú. La peculiaridad de Tailandia es su fidelidad cuasi enfermiza hacia el rey, fuertemente incrustado en la tradición religiosa. Es símbolo tanto del país cómo de la libertad que siempre ha enarbolado frente a la colonización europea de toda la península de Indochina. El color amarillo, símbolo de la monarquía, es el que esgrimen tanto los golpistas como los golpeados. Las cosas de creer en Buda. En España, tal como caminamos, así nos veremos. Sólo que aquí el rey no es un dios. Para mí que no habrá dios que nos salve.

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