España esconde el rabo cuando se destapa la taza del retrete en que se ha convertido su más reciente pasado colonial. De los territorios perdidos en el pasado siglo, tres países son un claro ejemplo, no ya de violación de los derechos humanos, sino de la dejadez más absoluta. Son los renglones torcidos de España. Hablamos de Cuba, Sahara Occidental y Guinea Ecuatorial. A la primera le reímos durante décadas el gracejo carismático que suponen los regímenes comunistas. Hasta Franco le admiraba cariño. España, única seductora del régimen castrista, no mueve un ápice para conmover a sus dirigentes. Bien pudiera al menos pegar voces en el desierto para pedir la libertad de los presos políticos, alentando a Cuba a aprovechar los posibles beneficios heredados del comunismo y evolucionar hacia una verdadera democracia suprimiendo las taras del vicio. Otro país, o lo que queda de él, Sahara Occidental, burdamente arrebatado al nuevo orden internacional de las colonias liberadas mediante un golpe de gracia al moribundo régimen franquista, espera sediento el referéndum que les conduzca a la libertad. Pero sólo nosotros podemos luchar por un Sahara libre. España es el único país del mundo que eleva a la categoría de remordimiento la desidia sobre nuestros antiguos hermanos. Su independencia del criminal dominio marroquí es cosa nuestra, queramos o no.

Guinea es la guinda del pastel. Pocos de nosotros saben de nuestros antiguos lazos. Tal es el desconocimiento de los españoles que la mayoría de artículos relacionados con Guinea se ven forzados a preludiar en breves líneas nuestro reciente nexo. Ahora nos visita Teodoro Obiang ante el estupor de los grupos políticos. Zapatero, como todos sus antecesores, le hace la cucamona por el bien común y el sentido de la responsabilidad, dicen. La realidad es que Obiang representa todo aquello que Europa abandonó hace medio siglo: un poder unipartidista y personal que no repara en detener, torturar y asesinar a su antojo. Zapatero, absuelto en su condición de estadista, no puede dar rienda suelta al jacobinismo de que hizo gala en famosa sentada frente a la bandera americana. Mariano Rajoy, en la oposición, autopregonado firme defensor de la democracia y la libertad, sin responsabilidad estatal reconocida, alega una supuesta presión del gobierno para recibir a Obiang, y lo hace, pese a que jamás haría algo parecido con Castro. Ahora resulta que el líder de la oposición obedece pies juntillas la voluntad de Zapatero. Como se entere Losantos lo cuelga del palo mayor.

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