Algunos, espero que pocos, conmemoran hoy la muerte de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. En El Mundo llevan días publicadas sendas esquelas de la mano de las infame fundación que estos señores dejaron como legado.

Pocos saben que el 20 de noviembre se celebran también setenta años de la muerte de Buenaventura Durruti, sindicalista y revolucionario español. Agitador para algunos. Romántico y soñador para muchos. Miembro de la CNT durante la Segunda República, moderado en su condición de faísta y líder de la columna que llevaba su nombre durante la Guerra Civil. Durruti fue traicionado progresivamente por todos. El gobierno español y catalán le zancadillearon hasta convertirle en un Quijote de la revolución. Su intento de toma de Zaragoza, a la que nunca llegó, se convirtió en una peregrinación ideológica a favor del campesinado. Se rumorea que pudo ser asesinado por Stalin al desmarcarse de éste siguiendo su propia línea ideológica.

Los valores que pregonaba Durruti, ese comunismo libertario defensor de la colectivización de tierras y la abolición de la propiedad privada, chirría en oídos de la España democrática. Pero no tenemos que escandalizarnos de su anhelo, propio de principios del siglo XX. Alabémoslo, no en su fin mismo, aunque sí en espíritu. El anarcosindicalismo, al igual que el comunismo, tuvo su lugar en la historia. Gracias a estas inquietudes hoy nadie se ve obligado a tomar un arma para reivindicar un puesto de trabajo o una vivienda. Basta con los cauces que la sociedad ofrece.

Para algunos el 20-N es un día patrio. Para otros es un día santo. Elijan.

 

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