Trafalgar es un paraje eterno y cristalino, un beso del Atlántico sobre los tupidos pinares de Barbate. Trafalgar es la tumba de cuatro mil hombres que se dejaron el pellejo en la playa más turbulenta de la costa gaditana. De aquello los británicos tienen una plaza. Nosotros un viento.

Trafalgar, en verano, es un hormiguero de alemanes, el resto del año un paraíso. Si visitas Cádiz y eres amante de las playas de ensueño, recorre la costa hasta el faro. Aparcas, echas un vistazo, rememoras a los muertos y de paso te avergüenzas de cierta catetez sureña al reconocer en el plano de la batalla que se erige junto al faro un barco que jamás existió, el Antilla, ficción de Perez-Reverte en ese engendro que publicó por lo de la conmemoración de los dos siglos. Luego te deslizas entre los pinares, a través de una sinuosa carretera que te conduce a Barbate. Allí paseas entre los pesqueros y tomas un surtido de fritanga. De ahí al cielo.

Visita Trafalgar, antes que desaparezca. La junta de Andalucía ha aprobado un proyecto hotelero junto a la playa, haciendo de esta otra bazofia turística. Como siempre, estos se empeñan en hacer de la costa gaditana un Cancún cualquiera. No saben que el viento de Levante es el soplo de Hércules, que sostiene las columnas del estrecho e impide a los domingueros ningunear el paraíso. Les arrastrará, inmisericorde, hacia el infortunio.

 

 

Papá Levante (I)

Papá Levante (II)

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