El curso de la historia prosigue imparable. La escisión hasta la singularidad infinitesimal del torrente abertzale. La ETA que fue una en los sesenta y que fue desligándose sucesivamente en ramificaciones ideológicas hacia “vías políticas” en las siguientes décadas. Como ya proclamábamos en septiembre, ETA se rompe. Tres años sin muertos, voluntad del Gobierno, optimismo del presidente, voluntad de Otegui. Hasta el jueves Zapatero tenía un as bajo la manga. Tenía las pistas suficientes para pensar en la concordia absoluta y el gran salto hacia el Nóbel de la paz. Pero el rescoldo violento, la facción residual violenta que siempre permanece tras cada crisis abertzale, vuelve con más fuerza, sin avisos previos de fin de tregua, directos al corazón del progreso español. El desconcierto es patente en todos los ámbitos, incluso en Batasuna. Ellos, ETA nuevo-militar, o ETA auténtica, o ETA libre o como quiera que coño se llamen, quizá con Txeroki a la cabeza, enterrando a Josu Ternera, vuelven para amargarnos la vida. Y esta vez son más jóvenes y más sanguinarios.

Las ETAs (I)

Anuncios