Con la nueva fiebre homogay de abandonar la apostólica y romana con papeles por delante, el estado se debía replantear la legislación en el tema este de bases de datos, información personal, altas, bajas y milongas. Porque después de tanto esfuerzo de las asociaciones de consumidores y una vez que el gobierno ha entrado por el aro con la nueva ley de consumo, todo se queda en agua de borrajas cuando de apostatar se trata. Recuerden aquellos duros años, que incluso hoy perduran, en los que no había dios que se pudieran dar de baja en Ya, Wanadoo, Telefónica o Jazztel así por la buenas, de un plumazo. Pues resulta que lo mismo les ocurre a los que pasan olímpicamente del Altísimo. Y es que aunque las criaturitas renieguen del bautismo por coherencia, el vacío legal es notable. Digamos que los archivos de las operadoras no tienen el mismo caché que uno parroquial. Que si de pequeño tus padres te echaron el agua, casi no pueden eliminarte del libro aunque te encadenes a la puerta del sagrario. La agencia de protección de datos está obligando a la Iglesia a anotar las bajas en sus registros de aquello que lo deseen, pero el nombre no lo pueden borrar. En muchos casos el Arzobispado apela a los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede que reconoce “la inviolabilidad de los archivos, registros y demás documentos de las curias episcopales”. O sea que te ponen al margen que ya no quieres ser cristiano, pero tu nombre permanece por los siglos. Y mira que es gran pamplina que no quieras constar en los archivos eclesiales, como si la fe dependiera de un papel timbrado. Pero indigna una mijita. ¿Se imaginan llamando a Wanadoo para darse uno de baja y que dijeran que aunque no se disfrute de sus servicios los datos se los quedan para dar por culo en años venideros? Pues esto les pasa a los apóstatas del siglo XXI. La Iglesia, en ese sentido, funcionaba mejor hace siglos. O acaso pensais que Juliano, Arrio o Lutero tuvieron que comunicar su baja por burofax.

Anuncios