Cansa mantener frescas las feromonas politicastras, azuzando a uno y a otro para conmover, inútilmente, las sienes del navegante despistado. Ayer regresaba entusiasmado al trabajo, deseando sembrar vientos entre rojos y fachas, preguntando si fueron miles o millones. Y me encuentro con largas conversaciones acerca de unos tales Messi y Nistelrooy que en sus casas los conocerán. Me tomo mi café de máquina solito, llorando la soledad del politicafílico. Me doy cuenta que, principalmente, la sociedad española se divide en tres grupos (en orden alfabético):

  • I) Derecha
  • II) Izquierda
  • III) Se la suda

La proporción, a ojo según la última década, es de un tercio del electorado para cada grupo. El último, se entiende, son abstencionistas o indecisos, los del clásico NS/NC. Viven en un mundo sin política. No entienden ni quieren entender. Son felices. Los demás tienen sus ideas claras. ¿Qué utilidad tiene la prensa escorada o las emisoras partidistas? No son más que surtidores sin fondo de puro onanismo político, el perpetuum mobile del adoctrinamiento ciudadano. En España los abstencionistas son imposibles de convencer, mientras que militantes y simpatizantes mantienen su querencia por las siglas tratándolas como equipos de fútbol. Quizá votan al que les enseñó su padre y ahora les da apuro cambiar de color. Pellizco interno. Son unos corruptos, pero ¿voy a votar a esos otros, que ni tragaba mi abuelo? De esta manera el militante se obceca, delira y enferma de Metapolítica, es decir, la política de la política. No se trata del fin mismo de la democracia: servicio al ciudadano, bienestar y protección común, etc. Se trata de un Monopoly a escala nacional, donde es divertido rabiar y hacer rabiar. No importa el fin, sino el medio. Es como al que le gustan las matemáticas sin importarle su aplicación a la ciencia o la economía. Yo esto lo conozco muy bien, porque soy un metapolítico nato. De un metapolítico solo puede brotar el esperpento: Ver millones de manifestantes donde sólo hay cientos de miles, mirar para otro lado cuando tu partido se corrompe, defender de justo a tu periodista y acusar de crispador al contrario, considerar todas las opiniones contrarias a la tuya como estúpidas, demagogas o de una ignorancia supina. Pero, sobre todo, quejarse de veinte úlceras simultaneas cuando escuchas soltar maldades de tu partido. O mejor dicho, de tus siglas, por que los metapolíticos distinguen a sus candidatos por las siglas. No saben qué es el liberalismo, o la socialdemocracia, o el centrismo. Ni siquiera el fascismo. Se ubican en derechas e izquierdas, aunque no saben muy bien qué son ni porqué se llaman así. Entremezclan sin mucho acierto la fe, el laicismo, el centralismo, el nacionalismo y los sistemas económicos. Pero son felices, interactúan entre ellos y de paso se les define la vestimenta, el modo de hablar, incluso el de andar. Mañana juro que no escribiré sobre política. Pero hoy vota MAPO. Vota Metapolítica.

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