Vuelvo de una agotadora semana de trabajo en la capital hispana. Cada vez que piso Madrid no puedo reprimirme caminar por esas vastas avenidas emulando a Paco Martínez Soria, alzando el mentón embobado. Suelo añorar mi cámara para echar unos flashes, que siempre hay material, pero me niego a que cuatro estúpidas manos funcionarias hurguen el interior del mi valioso maletín. La cosa se está poniendo para no pisar un aeropuerto.

Hete aquí que descubro despavorido la imagen de Doña Esperanza Aguirre por cada rincón y marquesina, en plena campaña, en las más variadas tesituras: rematando obras casco blanco en mano, aprendiendo a usar la radio de la nueva flota de vehículos para la policía municipal. A nadie extraña somero maniqueísmo politiquero, inconfundible estilo de la susodicha. Pero ¿se imaginan a, por ejemplo, Manolo Chaves desperdigado por Sevilla en fotos a dos metros y coronado con un casco blanco? Para refundir tal cantidad de plástico habría que envasar el agua mineral en cantimplora. Afortunadamente las elecciones autonómicas andaluzas van a pie cambiado, y aquí abajo nos conformamos con calentarnos la cabeza con los alcaldables de turno, que también tienen su miga.

 

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