De vuelta de puentes y otras incurias. No sé si sabrán aquellos que residan más arriba de Despeñaperros que al sur del sur nos encontramos en continua fiesta desde que el azahar florece. Este pasado puente finalizó la Feria de Primavera sevillana y ahora arremete la jerezana, desafiando al tremendo calor de mediomayo. Quizá no conozcan la existencia de otra feria, este año solapada a la de Sevilla, sólo que menos corbatera y más castiza. Del Vino fino, la llaman. Y es de El Puerto. Una maravilla. Quizá tampoco conozcan la tradicionalísima costumbre que tienen todos los partidos políticos de montar una caseta, abierta al público, para militantes, simpatizantes y para el que tenga ganas. Normalmente estos ambientes no van acompañados de malos rollitos y uno puede circular de una caseta política a otra sin que le llamen chivato. Sin embargo en los años prebisiestos cambia la cosa. Las elecciones municipales casi siempre caen en junio, y las casetas políticas se convierten en verdaderas tarimas mitinescas. Todo se acompaña, por supuesto, del correspondiente fetichismo político. El merchandising político-ferial no conoce fronteras: pegatinas, carteles, pregones, sombreros, pellejos tamboriles y, por supuesto, abanicos. Hete aquí que el Partido Popular reinventa su fetichismo patrio y nos obsequia en mano con semejante horterada. Se vuelven a apropiar de la bandera, pero con el gusto en las ancas. Me lo he guardado, por si cae alguna nueva manifa de los peones negros, el Opus, el foro de la familia o la madre que los parió.