Se cumplen cuarenta años de la Guerra de los seis días. Recordemos la gran avanzada sionista que conquistó (liberó, según ellos) Jerusalén y se enfrentó a los estados de Egipto, Siria, Jordania e Irak. Israel arrebató a los egipcios la península del Sinaí, llegando hasta el canal de Suez. El enfrentamiento, que los sionistas consideraban el golpe definitivo a la comunidad árabe para recuperar sus tierras, no hizo más que desestabilizar oriente medio y convertirlo en el infierno que hoy conocemos.
Justificar una guerra por el empeño de recuperar unas tierras perdidas en tiempo del emperador Tito es un delirio equiparable a la recuperación de Al-Andalus de la mano de la comunidad árabe. Estos últimos tendrían más derecho incluso que los judíos, puesto que fueron expulsados de España hace cinco siglos, mientras que la diáspora judía sucedió hace veinte. Habría que preguntarles a tantos libertarians, democristianos, conservadores y agentes de la CIA como pueden seguir apoyando a Israel y defendiendo su hegemonía democrática en medio de un supuesto océano de despotismo moruno. ¿Apoyarían también la devolución de Argentina y Perú a los mapuches? ¿Turquía a los otomanos? ¿México a los aztecas? Ah, espera, es que estas civilizaciones ya no existen. ¿Y estos pilotos de F-18 con Kipa a la cabeza se consideran descendientes de las doce tribus? Permitamos, pues, que el primer moro que se considere nazarí de pura casta y descendiente directo de Boabdil recupere lo que su tatarabuelo no supo defender como hombre.