La comunión, ese sacramento pueril e inocuo que convierte a las niñas en novias y a los mocitos en carrerosblancos, se convierte en curiosa moneda de cambio de aquel poder antes fáctico y ahora ficticio conocido como Iglesia. Los señores del alzacuello, en vez de usar el púlpito para mirar a San Carlos Borromeo (por cortesía, al menos), hacen lo de siempre. A un cura toledano se le va la pinza y condiciona la comunión de los zagales a renegar de una asignatura que todavía no existe y cuyo contenido definitivo es aún desconocido. Quien vaya a clase no comulgará. Objeción de conciencia, le llaman ¿Pero animaron estos alguna vez a objetar la mili?
Los sacramentos, al tratarse de elementos fuertemente arraigados en la tradición española, son pervertidos en numerosas ocasiones por los curas más vehementes. Como asistir a misa no es el fuerte de muchos cristianos de estadística, las homilías de BBC son un arma arrojadiza contra el pueblo llano que nunca van los domingos pero sí antes del convite. Los dictados de la COPE se vuelven nuevos dogmas, metiendo en el mismo saco la Educación para la ciudadanía, a Dejuana y a Zerolo. Cada vez que me invitan a un bautizo me echo a temblar.
Ni un día ha pasado antes de que el Arzobispado de Toledo, lejos de alentar el enfrentamiento como en aquella carta pastoral hace siete décadas, le corte las alas al cura de pueblo y pelillos a la mar, que ya bien poca gente va a misa como para que los espantemos, monseñor dixit.

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