Mayo y junio son meses de proliferación espontánea de pequeños príncipes y princesas nacarados brincando por bares y restaurantes. Seguramente hayan asistido estos días a más de una comunión de hijo/a, sobrino/a, nieto/a o hijo/a de vecino/a. Es sorprendente comprobar cómo lo que antaño era una íntima celebración familiar se ha convertido en banquete, lista de invitados, cubiertos numerados, recepción, rioja, primero, segundo, tarta, café y cubata. A la hora de esto último se narcotiza a los críos con una demoledora sesión de castillo hinchable o mago. Un derroche. Pregúntenle luego al niño quién diantre fue Cristo. Ese, dicen, que me ha traído la Wii. Los padres se dejan fascinar por el paso de niño a adulto que simboliza esta celebración, de fuerte contenido estético y etílico, trayéndoles a la mayoría al pairo el hecho religioso. No es más que la ceremonia tribal que contempla toda cultura en la que el niños se hace hombre y es enviado a cazar su primer guepardo. Ningún padre desconoce que para hacer la comunión sus hijos han permanecido varios años bajo la tutela moral y doctrinal de una persona que la mayoría de las veces ni se interesan en conocer. Un catequista no es más que un aficionado en el mundo de la teología y la moral religiosa. Aún más, de la moral a secas. Quizá alguien con voluntad, paciencia y poco más. ¿Dejaría usted que un becario adoctrinara a sus hijos en cualquier materia? Es evidente que hay unos procedimientos y guías de estudio ya establecidos por la diócesis. Pero esto es como el colegio. Como te toque un maestro malo vas de culo. ¿Está usted de acuerdo en que un sacerdote le diga a su hijo de ocho años que la masturbación es un pecado mortal? Si es así, estupendo. Pero no se escude tras el vestido de la niña para condenar a sus vástagos a una asignatura extra: Educación para la Sacristía.

Comuniones (I)

Comuniones (II)

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