Hace un año alquilamos un C3 y recorrimos Gran Canaria de arriba a abajo. Abandonamos la masificada costa sur de la isla (a la que reconozco que llegué a aborrecer) y nos adentramos por valles ocultos a la luz del sol, con una frondosa vegetación y que conducían lentamente y por sinuosas carreteras a unas altitudes que parecía inverosímil que cohabitaran con aquellas luminosas playas que habíamos abandonado hacía unos minutos.

Atrás quedaron los días de playa en Puerto Rico, Arguineguín, Mogán y su coqueto puerto, llegó el momento de dejarnos engullir por la isla, pasar por Cruz de Tejeda y su parador, subir a Roque Nublo (1.900 metros) y que al llegar con los pies destrozados te ofrezcan un chupito de Ron Miel, Artenara, Valleseco, Teror… intentar hacer una foto con una cámara desechable a la estación de la NASA para poder vacilarle a Miss TeschMacher, comer en unas cuevas en Guayadeque a menos de veinte grados pese a que fuera se rondaban los cuarenta, que a la hora del café una anciana nos explicara “…como se hacen de verdad las papas arrugás, tengo familia en Cádiz y me han caido ustedes bien”, volver a la costa e irnos a la cama con la sensación de haber hecho los deberes y de que ahora sí que conocíamos Gran Canaria.

Un año después, un malnacido ha intentado acabar con todo aquello que me hizo comprender por qué las llaman “las islas afortunadas”.

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