Anteayer me tragué la inauguración de la novena edición de Gran Hermano. Más por contemplar canalillos ensiliconados que por la falacia del ensayo psico-social. Al principio me contuvo la curiosidad, pero a medida que el tetamen se hacía de repetir y aburría hasta el hastío, el desparrame de erudición y buen gusto fueron calando en mi ser hasta casi disfrutar del espectáculo. Del trauma casi ni pego ojo. Pero con el amanecer y la prensa digital, estos ojillos incautos vieron la luz de la razón y el consuelo. No sé cómo coño no lo pude ver antes. Qué digo antes, hace años. Resulta que Don Mariano Rajoy pregona el día de autos un gobierno “como Dios manda”. Y me digo ¿estaré equivocado? ¿necesitará Ejpaña una ración extra de buen gusto, falda a media rodilla y mireusté a lo Botella? Uy, espera. Si la primera edición de Gran Hermano fue allá por el 2000, cuando Ansar tenía en su haber la absoluta. Pues entonces no hay Rajoy que nos salve. España está destinada a la ordinariez más absoluta por culpa de seres como el que escribe, que no le importa tragar telebasura ni votar a Zapatiestos. Venga a esa pantalla transexuales, tortilleras, gemelas rubias de bote, hermanastras chonis y legionarios sin cabra. El vivo lumpen españó. La puntita de la campana de Gauss. Sálvanos, mariano. Trae una España como Dios manda y quítanos de en medio a éstas que llaman Teresa de Calcuta a tu viceopositora. No te entretengas tanto en censurar EpC y fulmina GH, que nos tiene a tos salíos. Si para este marzo no sales, tendremos que recurrir a medidas drásticas. Continuaré diciendo que me tragué siete veces El acorazado Potemkin sin subtitular. En realidad me pegaré la madrugada sin pegar ojo, con la TDT enfangada hasta los ojos de pactos, rubias y legionarios.

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