La Ley de Memoria Histórica prosigue su camino de la peor manera posible. Lo que debiera ser una pilastra de incondicional consenso entre las dos mayores fuerzas políticas, abandona su principal móvil, el humano y sentimental, para dejarse arrastrar por las hediondas y feroces aguas de la política nacional. El Partido Popular se niega a dar el visto bueno a la letra, más que por desacuerdo de puntos, por reventar la propia existencia de dicha ley. Se refugian en la fábula de las viejas heridas que no se deben reabrir. Explíquenle a aquellos que jamás pudieron enterrar a sus hijos, padres o abuelos en un terruño decente. Después vendrán con que los rojos también se las traían, que si Paracuellos o que si el cabrón del Carrillo y tal. Y sí, muy bien, pero que eso no quita desenterrar a todo Cristo de los caminos, ya sea una u otra cuneta, y darle cristiana sepultura tras un exhaustivo análisis forense. Que esas pruebas, con su ADN, su ciencia y su milonga, necesitan muchas perras. Y si no es el Estado, ya me dirán quién las va a pagar.

Hagamos un ejercicio. Supongamos que es cierto que los rojos fueron los terribles enemigos de España, que la llevaron al cataclismo y encendieron la llama de la Guerra civil con el 1934 que tanto pregona Moa, matando curas y todo eso. Supongamos que el bando nacional fueron santos beatísimos, arcángeles ataviado de cándidas de raso. Aún así, el partido de Rajoy, ejemplo de Liberalismo, Democracia, la unión de los españoles, la dignidad del hombre, el humanismo cristiano de tradición occidental y el oprobio de Cuba, Irán, Venezuela y Birmania, debería condenar el terrible régimen que ahogó España durante cuarenta años y la sigue condicionando otros treinta. Simplemente por coherencia política, por limpiar su cara y aplicar al dedillo la primera página de sus estatutos.

Prosigamos el ejercicio. Supongamos que los 45 millones de españoles nos ponemos por una vez de acuerdo y hacemos caso a Acebes. Acordamos firmar con sangre un escrito que afirme taxativamente que Azaña, Largo Caballero, Negrín y Carrillo fueron abyectos criminales de guerra mientras que Franco se convirtió en el Jack Bauer de los años treinta. Aún así, con todos los españolitos cara al sol, uno por uno, no podríamos convencer a una comunidad mundial que ha constatado en su propio sentir histórico y todas las formas de expresión posibles, tanto libros, cine, música, religión, juguetes, cómics y películas de Disney, que el Eje Roma-Berlín-Tokio fue responsable de la muerte de 60 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial. Y que muy amigo de este Eje, y más aún de su cabeza Adolf Hitler, fue nuestro generalísimo de todos los ejércitos. Este bando, inventor del fascismo, fue el gran provocador, ambicioso, asesino y perdedor del siglo XX. Y Franco no pudo montarse al carro porque no le dejaron sus amigos fascistas europeos. Así que ahora no me vengan con que todos eran malos en el 36. Todos los españoles eran inocentes, pero todos sabemos qué jerifaltes fueron los malos de la peli.

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