–Esto es una putada.
Eduardo toma una aceituna y pega un sorbo al Protos. Susurra acercando la cara a su compañero, buscando confesión diputalina. Éste ni hace caso, alzando el dedo derecho en busca de una San Miguel helada.
–Una putada.
El compañero lo observa, airado. Bebe con avidez y se limpia la espuma de la barba.
–Mira que se lo dije. No es momento.
–No te hagas el loco, Mariano, que ya lo temíamos desde el año pasado.
–Ya, ya. No te me subas, coño.
–Es que es muy grave. Nos joden las elecciones.
–Qué me vas a contar. Ya más no podemos hacer.
Saludan a un conocido policía de paisano, que ya termina su jornada y abandona el bar. Más allá del extremo de la barra, en lo infinito del espacio ideológico, Alfredo les hace una señal con la mano, como diciendo que paga la ronda. Como casi cada miércoles.
–Este Jose es un gilipollas. Con lo buena que siempre ha estado ella, y mira en quien se fija.
–Buena y centrada, Mariano. A ver ahora cómo vendemos un divorcio. Nos lo pudimos permitir con Paco, que era un bala perdida. Pero Ana es un mirlo blanco. Sin ella se acabó el conservadurismo familiar. Al menos aquí, en Madrid.
–No te preocupes más, que todo está atado. Con la amenaza de Jose todas las cadenas se han acojonado. Hasta el tomate. Después de marzo ya hablaremos. Entonces podrán hacer lo que les de la gana, como los duques de Lugo.
–Me he permitido decirle a Jose que se pele. Se nota mucho que se deja la melenita para impresionar a la nueva.
–No le digas ni una palabra, cojones. Lo de la melena se lo sugirió Ana.
El bar del congreso se queda vacío, como el ala derecha de la cama blanca. Eduardo imagina cuán vacíos se pueden quedar el corazón y el lecho de un hombre. Vacíos de calor y afecto, pero sobre todo de las cachas de Ana.
–Qué putada, Mariano.

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