–¿Cómo ha ido la cosa?
–Regular, Alfredo.
José Luis cambia el teléfono móvil de mano y se pega morrazos en el hombro con la contraria. Hace un frío que congela los mocos.
–Nunca usas el móvil.
–Estaba preocupado. ¿Cómo ha caído la noticia?
–El Vidal te ha puesto vestío de limpio.
–Pero si también se ha reunido con Aznar.
–A ese también lo ha puesto vestío de limpio.
Sonsoles espera en el vestidor. José Luis la saluda con la mano helada, mandándola a la cama. Él desea hablar a solas y no desea tener cerca al personal del palacio.
–No se han ido hasta casi las once. Yo me caía de sueño. Al final lo de siempre, petróleo a cambio de manteca. Brufau y Bricio se han mojado, saben que no hay riesgos. El discurso de la democracia se lo ha pasado por los cojones.
–Ya no te vuelvo a escribir nada. Vaya con el moro.
Se va la cobertura. José Luis sube tres escalones del recibidor de la Moncloa. Se tapa un oído con un dedo y aprieta el móvil con el otro. A esa altura el frío arrecia, pero vuelve a escuchar el susurro místico de Alfredo.
–¿Ya se ha ido a la jaima esa?
–Pero si duerme en el mismo Pardo. No pensarías que iría a dormir bajo lona. Se le hubieran helado los huevos.
–José Luis, a ese no lo hiela ni una borrasca siberiana. Ha degollado un cordero en la jaima. Así, por las buenas.
–Te dejo, que estoy muerto. Espero que mañana el día sea más amable.
–Tienes lo del aborto. Ya esta enviado a la prensa.
–¿Quieres matarme? ¿Por qué no has esperado a mañana?
–Javier e Ignacio necesitaban un titular fuerte. Lo del moro pierde fuelle.
–Dile a Maribel que prepare algo bueno mañana para la prensa. Ella ha levantado la liebre y deberá dar la cara. Dile a tu secretaria que nos reserve luego en el sitio ese que tanto habla, llevo varios días comiendo cordero. ¿Alfredo? ¿Alfredo? ¿Me oyes? Cagondios.

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