Las esperanzas de los seguidores del Partido del Pueblo de Pakistán no son las únicas que han quedado enterradas en Rawalpindi. Los planes de EEUU han corrido el mismo destino. Occidente aspiraba a una cohabitación entre el presidente Musharraf y una futura primera ministra Bhutto para que ambos hicieran frente a la amenaza de los grupos yihadistas cercanos a Al Qaeda y los talibanes.

Washington había dado por amortizado a Musharraf y, aunque no planteaba su salida del poder, sí le había exigido que dejara la jefatura del Ejército y permitiera unas elecciones lo más limpias posibles.

Benazir Bhutto era la candidata de Washington, y así se la veía en Pakistán. Al mismo tiempo, su partido es el único movimiento de masas que ha resistido el paso del tiempo. A pesar de todos sus fracasos en sus dos pasos por el poder en los años noventa, Benazir Bhutto era la única garantía de un Gobierno civil con amplio apoyo popular.

Tanto EEUU como el Reino Unido no esconden su gran preocupación por la situación de Pakistán. En los últimos seis años, EEUU se ha gastado 5.000 millones de dólares en financiar la lucha paquistaní contra los yihadistas para terminar descubriendo que parte de esa ayuda se ha gastado en comprar y mantener sistemas de armamento destinados a defender el país frente a una hipotética amenaza de la India.

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