El orden mundial se rige por la regla enunciada por Groucho Marx: estos son mis principios, si no le gustan tengo otros. Criterios de quita y pon, guiados por una brújula a la que le ordenamos dónde debe señalar el norte. En Dayton, en el noventa y cinco, la solución para Bosnia fue la separación por étnias, el desastre máximo. Ahora, en Kosovo, la aceptación de una independencia unilateral. En ninguno de los dos casos se respetaban los principios grandilocuentemente pregonados. Estados Unidos, Francia, Alemania ya reconocen al nuevo estado. Seguro que Rajoy pide explicaciones a sus amigos Bush, Sarkozy y Merkel. Kosovo es el resultado de múltiples fracasos, la peor solución a excepción de todas las demás. Y la prueba de que no logramos resolver los problemas de la pluralidad. En España, los centrífugos saludan a Kosovo como un precedente, los centrípetos hacen sonar las alarmas. Pero seguimos sin valorar ni entender el estado que hemos construido aquí. Esta mañana, un periódico de difusión nacional ofrecía el resultado de una encuesta que decía: los españoles creen que se prima a las autonomías más que al estado. Ya lo ven, pasan los años y seguimos en el mismo desenfoque. No hay un Estado y, enfrente, unas autonomías. Las autonomías son el Estado. En Cataluña, no están la Generalitat y, además el Estado. La generalitat es el Estado en Cataluña. Y lo mismo en la Rioja, en Euskadi, en Andalucía o en Madrid. Cuando la encuesta dice Estado está diciendo España, porque se cree que las autonomías no son del todo España. Lo mismo le pasa al lehendakari cuando dice nosotros frente al Estado. Él es el Estado en el País Vasco. Algún día tal vez descubramos que lo que buscábamos ya lo teníamos.

Iñaki Gabilondo, ayer en Cuatro

Anuncios