Sant Jordi llega y los libros y rosas florecen por doquier. Cataluña exporta una de las tradiciones más bellas y hasta en Operación Triunfo osan distribuir arriesgadas novelas entre bisbalitos analfabellos. Parece como que por cojones tengamos que recibir un libro y una rosa, aunque seamos ciegos o alérgicos. Ojalá esta costumbre sirva para abrir ojos y cabezas, y no se limiten simplemente a engordar los bolsillos de Zafón. Ojalá las calles se desborden de una marea de Garcilasos y Umbrales, de libros rancios, de páginas amarillas por el uso y la vejez. Ojalá todos rememorásemos a Bradbury y nos bautizáramos como Señor Quijote o Señora Crimen y Castigo. Pero, ay, ojalá también se vetaran ciertos tomos a ciertos ciegos, enquistados en alcornoques con patas. Ojalá se le hubiera prohibido, por uso inadecuado, las obras de Locke a Esperanza Aguirre, la Biblia a McCain y al concejal de Tineo, las obras de Sabino Arana a la alcaldesa de Mondragón, las de Goebbels a Losantos, las de J.J.Benítez a Luis del Pino y el Corán a Mohamed el Egipcio. Ojalá. San Jordi, ruega por nosotros.

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