[…] Y maldiciendo continuamente la incomodidad y vetustez de la mayoría de los cines, la imagen desenfocada, el sonido inaudible o excesivo, las copias en estado lamentable, las restricciones con la calefacción y la refrigeración glacial, la masticación palomitera que puede provocar un ataque de nervios, las hostias que te amenazan en la oscuridad por la mezquina ausencia de acomodadores, la certidumbre de que los fenicios no han cuidado a su clientela, que la gallina de los huevos de oro se extinguió por la codicia de los dueños de la granja, a pesar de tantas miserias constatables, yo siento una angustia apocalíptica ante la extinción de la forma irreemplazable de ver el cine. En soledad o en compañía, en la primera sesión o en la madrugada. Esa droga dura no admite adulteraciones.

Carlos Boyero reivindica brillantemente en elpais.com uno de los últimos placeres legales que nos quedan.

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