Hubo un tiempo en el que los cines eran sólo de verano. Las butacas no eran sino madera pelada, y los niños vestían pantalón corto a la altura de la ingle hechos con retazos de la camisa. Los caramelos se vendían a cinco por una perra gorda, y eran tan duros y empalagosos que al final de la película todavía bailaban en la boca intactos. Al principio de cada película sonaba un himno triunfal, patriótico; una serie de imágenes desfilaban en la pantalla al son de una vocecilla nasal y ridícula que endiosaba las hazañas de un general enano. A aquel adefesio le llamaban NODO.

De aquello nada quedó. Al enano un día le dio un soponcio, cambiaron el documental por un logo de THX, las niñas le robaron el minipantalón a los niños, y estos a su vez lo cambiaron por un vaquero con los calzoncillos al aire. Ya nadie se sienta en la última butaca a tomarse las manos. Un Seat León es suficientemente espacioso para retozar desnudos.

Hoy nos persigue otro NODO del que no hay forma de deshacerse. Se llama Festival de Eurovisión, y surgió en su día como escaparate imprescindible para la Unión Europea de Radiodifusión en unos tiempos en los que no había internet, ni video, ni tele a color, y lo más redondo que habían visto los niños españoles era un melón. Entonces era necesario aquel vetusto escudo de Eurovisión con la famosa sintonía de Charpentier, tan solemne y añeja como la del NODO. Nadie consigue extirpar aquel cutrerío pop-dance liviano, como ya hiciéramos con la abominable OTI. Nadie puede fulminar al enano. Hemos enviado a un agente especial. A la élite de la defenestración televisiva. Pero no lo captan. Siguen pensando que todo ha sido una broma. ¿No lo veis? Era el principio del fin. El Chiki chiki es una bomba de relojería, un virus letal. ¿No os basta con ver que los Mojinos o Siniestro Total lo han hecho suyo? ¿Qué más pruebas quereis?

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