Una señora de rostro afilado y gafas de diseño lee con atención un papel. Es un bosquejo rápido de palabras. Son siete u ochos líneas a pluma. Cuando sus ojos tocan el último punto comienza de nuevo. Así cinco veces. El hombre que se sienta frente a ella espera. Impaciente pero templado. Está acostumbrado a perseverar.
–¿Qué te parece?
–A mí me parece bién, pero tú eres el jefe.
–No me jodas.
–Te digo que me parece bien, pero no es cosa mía. Esto tiene poco que ver con Hacienda.
–Pero tú eres la jurista, Idoia.
–¿Esto es legal?
–Esta vez sí lo es. No tienen cómo pillarnos. No es vinculante.
–Eso es lo de menos –la consejera alza las pestañas, inquieta–. Nos joderán por otro sitio, Juan José. Sabes que no nos dejarán sacar esto adelante. Sienta precedente.
–Veo que no lo entiendes.
–Pues no.
El silencio impregna cada rincón de la Lehendakaritza. Ella es lista, pero no tanto. Vuelve sus ojos al borrador con las dos preguntas de marras y alza el rostro.
–Pretendes que esto llegue al Constitucional –agrega Idoia, atónita–. Si atraviesas la línea son capaces de aplicar el 155.
El Lehendakari toma el papel que ella le devuelve. Lo dobla tres veces y se lo guarda.
–Por supuesto que son capaces.

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