¿Puede un hombre de izquierdas hablar mal de la cúpula de Barceló en público? La respuesta es SI. En esta España polarizada donde el libre albedrío es herejía, el arte de vanguardia se convierte en religión. Parece que no reirle las gracias al pintor de moda es algo insolente, necio y cavernario. Hasta el Rey se quita el sombrero ante tamaña estafa. Pero, cuestiones económicas aparte ¿qué persona de bien en sus sano juicio puede opinar que un techo de estalactitas coloreadas es una de las mayores obras del arte del siglo XXI? Es el traje nuevo del rey, que todos alaban hasta que el niño lo ve desnudo. El arte de vanguardia, como tal arte que es, es la exaltación del espíritu, el hombre como verso suelto en la poesía de la naturaleza. Tiene el valor que debe de tener. Si Barceló ama a su obra y ama la Alianza de Civilizaciones, debería hacer su obra gratis. Para que done yo mi trabajo en forma de impuestos, que done él el suyo (que no, que no soy de derechas por defender lo que pago con mis impuestos, ese es el tópico que siempre tenemos que tragar). Bueno, sí, dicen, será cuestión de gusto, pero a nadie deja indiferente. Mire usted, un fresco de una hectárea con los teletubbies al temple tampoco deja indiferente a nadie, pero no es arte. Y es que el arte de vanguardia es una gran estafa, salvando la intención primera, es decir, la ocurrencia. Es ingenioso pintar la taza de un vater de amarillo, encender encima una vela y entrecerrar la tapa con cubos de Rubik, pero el esfuerzo es nimio en comparación con el trabajo de cualquier cristiano, y hacer una cuantificación económica un arriesgado ejercicio de especulación mobiliaria. Así que, los de derechas, ya saben, rajen a gusto, porque tienen parte de razón. Ahora, no me vengan como defensores de la solidaridad, la ayuda al tercer mundo y los fondos de ayuda al desarrollo, porque ese cuento no se lo cree ni la madre que parió a Barceló.

SUIZA ARTE

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